La gloria del canon silencioso
Homilía predicada en la inauguración de CIEL UK
En St. James’ Spanish Place, Londres
El 1.o de marzo de 1997
por un sacerdote del Oratorio
Traducción del inglés hecha por Una Voce México
Con la amable autorización de la
Sociedad Misa Latina de Londres y Gales
Nota del Traductor: Si bien esta homilía tiene más de diez años, su mensaje sigue siendo relevante hoy día, especialmente desde que se publicó el Motu Proprio Summorum Pontificum, pues si en ese entonces el interés por la liturgia tradicional iba aumentando con paso firme, ahora tenemos una explosión en el número de personas, sean simples laicos, sean sacerdotes, obispos y cardenales, que han salido en favor de la tradición romana. Léase, entonces, como si se hubiese dado apenas el día de ayer.
«Lo que oímos y entendimos, y lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, contaremos a la generación venidera […] Porque Él impuso precepto […] que lo mandó a nuestros padres, lo notificarán a sus hijos, para que lo conozca la generación venidera, los hijos que han de nacer.» (tomado del Salmo 77)
Para aquellos de nosotros que amamos el rito romano clásico, los últimos años han sido un tiempo de gran ánimo. El Santo Padre ha dejado bien claro que los sacerdotes y los laicos que están adheridos a la liturgia tradicional tienen derecho a acceder a ella, y que dicha aspiración es legítima. Muchos obispos y prelados no solo han celebrado ellos mismos la misa tradicional, sino que han posibilitado iniciativas pastorales y apostólicas dentro de sus diócesis, iniciativas que cada vez más facilitan el acceso a la liturgia clásica. Un número creciente de sacerdotes jóvenes que no recuerdan los días preconciliares está descubriendo la belleza y piedad de las formas clásicas de la liturgia. Las comunidades religiosas que tienen por dieta básica a los ritos tradicionales florecen, bendecidas con muchas vocaciones. Miles y miles de fieles ahora son capaces de asistir a la misa tradicional de manera regular, en comunión plena y leal con su obispo, y en plena y leal comunión con el Soberano Pontífice, el Vicario de Cristo. Todo esto, debemos creer, es obra del Señor, y a nuestro parecer es maravilloso.
Algunos de nosotros recordamos muy bien el sentimiento de desolación y, para ser honestos, el sentimiento de desesperación en la década de los 70 y principios de los 80, cuando los ritos tradicionales estaban prácticamente prohibidos. Ahora, nuestra amargura se torna en gozo al ver que la liturgia tradicional tiene cada vez un mayor impacto sobre la vida de la Iglesia en el mundo moderno, llevando más y más almas a las æterni Christi munera. Sí, después de unos años, comparativamente pocos en la historia de la Iglesia, de haber estado todo casi perdido, el rito romano tradicional y clásico del Santo Sacrificio de la misa vuelve a emerger como opción litúrgica aprobada en la Iglesia universal. El rito romano clásico se extiende ahora a lo ancho y largo de la viña del Señor. Y por este hermoso don del Señor a su Esposa, qué podemos decir, y qué debemos decir, sino ¡a labado sea Jesucristo, ahora y siempre!
Con todo, existen dificultades. Y algunas de las dificultades se encuentran, desafortunadamente, arraigadas en los prejuicios de quienes insisten en tildar nuestra preferencia por los ritos clásicos como deslealtad a la Iglesia o, simplemente, como nostalgia por tiempos pasados. Una de las razones de esto es que muchos fieles, al preguntárseles por qué desean la misa tradicional, son incapaces de articular la preferencia si no es en términos de su disgusto por el novus ordo o como reacción violenta a algunos de los abusos litúrgicos a los que estuvieron sujetos sistemáticamente. Pero declarar nuestra preferencia por la liturgia clásica solo en términos polémicos y controversiales simplemente no funciona. La polémica barata reduce nuestro amor por uno de los dones celestiales más sublimes a un nivel empobrecido de teología de barracones y de chismes sensacionalistas.
Todos debemos ser capaces de decir, con precisión y caridad, qué es lo que juzgamos tan hermoso acerca del rito romano clásico. Debemos ser capaces no tanto de argumentar el caso, sino de presentar el caso, generosa y coherentemente, a quienes preguntan, recordando siempre el sabio consejo de san Francisco de Sales, a saber, que generalmente logramos más con una cucharadita de miel que con una pinta de vinagre. Mucha de la apologética tradicionalista en pro de la liturgia clásica está impregnada de vinagre amargo, hasta el grado de que, con frecuencia, los hechos del caso se tornan en algo nada apetecible. Debemos proceder blande et suaviter si deseamos persuadir a aquellos que, por una u otra razón, no comparten precisamente nuestra visión. Nuestro acercamiento a ellos, y a los sagrados ritos en cuestión, debe ser espiritual y erudito antes que nada. Cualquier indicio de tendencia militante está totalmente fuera de lugar.
¿Qué se le dirá al que pregunta seriamente, cuando impulsamos la causa de La Messe de toujours, la que misa que no morirá? ¿Hablaremos de la dignidad de la lengua universal de la Iglesia, que hace de la misa latina algo inteligible para todos, dondequiera que estén, y cualquiera que sea su lengua vernácula? ¿Hablaremos de la suma importancia de la orientación del altar, por la cual tanto el sacerdote como el pueblo miran todos en la misma dirección, vueltos hacia el Señor, sobre todo para el canon de la misa? Sí, hemos de hablar sobre esto, de la naturaleza teocéntrica no solo de la acción eucarística misma, sino de toda la celebración, y cómo este enfoque teocéntrico debe expresarse en la disposición arquitectónica y ritualista del santuario.
¿Hablaremos de la venerable estabilidad y constancia del rito romano clásico, el cual no cambió en sus aspectos más esenciales por casi mil años antes de las codificaciones del papa san Pío V en el siglo decimosexto? Sí, hemos de hablar sobre esto, del crecimiento natural de una liturgia que se desarrolló únicamente por acumulación y elaboración piadosa, que fue familiar a generación tras generación, en la cual la piedad heredada iba cogida de la mano de una matriz cultural asimismo heredada, una incrustación cultural que enriqueció y embelleció el culto al Señor en el decurso de los siglos. De todo esto hemos de hablar, y de mucho más. Las alturas y las profundidades inalcanzables del misterio eucarístico requieren de una exposición completísima que agote nuestras capacidades. Nada es demasiado bueno en esta causa, pues como dijo san Alfonso de Ligorio: Ni siquiera Dios podría hacer algo más santo, algo mejor o más grande que la misa.
En medio de una plétora de belleza y piedad que abarca la liturgia tradicional, me gustaría señalar un aspecto del cual, pienso yo, debemos siempre hablar con especial atención, puesto que se encuentra, stricte dictum, en el corazón mismo del asunto. Me refiero a la gloria del cánon silencioso.
Cuando alguien asiste al rito clásico por vez primera, se sorprende con frecuencia por el hecho de que la parte obviamente más importante de la acción litúrgica se lleva a cabo en silencio. Incluso en una misa cantada, como sucede hoy, la consagración sucede en silencio. Es cierto, lamentablemente, que en ciertos momentos de nuestra historia litúrgica ha habido abusos en relación a esto, como cuando el órgano se entrometía en la consagración y otras indignidades. No obstante, el patrón clásico del rito romano tradicional es que, después de haberse cantado el Sanctus, el silencio desciende, interrumpido solo por la campana. Esta es la gloria esencial del rito clásico, el corazón mismo del asunto. Estoy convencido de que en nuestro mundo moderno -ruidoso y clamoroso- este silencio es más necesario que lo que era para las generaciones pasadas.
La razón del silencio es que a una muy temprana etapa de la conciencia litúrgica de la Iglesia se comprendió que los milagros de gracia que ocurrían durante el canon podían correr el riesgo de ser trivializados si este se pronunciaba en voz audible, como si las palabras sagradas que efectuaban dichos milagros fueran simplemente parte del habla ordinario. El misterio de la Presencia Real, el milagro de la transubstanciación, la posterior súplica de la oblación, todas estas cosas son del cielo, es el mismo cielo el que ha bajado a la tierra. Tal vez diríamos mejor que en el canon, la tierra es elevada al cielo. En el canon, la Iglesia orante no se hunde en el silencio. No, la verdad es que nosotros nos elevamos al silencio, a un silencio contemplativo y ungido, sobre el cual está el Espíritu Santo, un silencio intemporal que respira la vida celestial.
El instinto piadoso y tradicional de la Iglesia es que las asombrosas palabras del Señor sobre el pan y el cáliz debían pronunciarse nuevamente, pero sólo en un susurro callado y reverente por parte del indigno agente humano del milagro, el sacerdote que actúa in persona Christi. Estas no son palabras para pronunciarse en voz alta, y mucho menos, que Dios no lo permita, que se canten en voz alta. Estas son palabras de amor, palabras para susurrar en asombro y temor. Estas son palabras del nuevo y sempiterno testamento que cambiaron el mundo para siempre. Estas son las palabras que hacen el Misterio de la Fe accesible a toda la humanidad, en todo momento, todos los días, hasta que el Señor regrese.
En el canon de la misa, tras la consagración, el velo que separa a este mundo del paraíso nunca ha estado tan delgado, nunca tan sutil. Aquí bien podemos recordar la feliz comparación que hizo Mons. Ronald Knox de la presencia eucarística con la ventana en la pared. Con los ojos de la fe de tal manera somos colocados para ver más allá de este mundo, hasta lo profundo de esa trascendente realidad que es Cristo. En verdad, por unos preciosos instantes, el Hijo de Dios, la Eternidad misma, vendrá a estar entre nosotros. La Eternidad en persona se hace a sí misma presente. El silencio del canon que rodea esa presencia nos ayuda a apreciar la condición intemporal de Cristo. Pues el Señor que se vuelve presente es el Señor vivo, el Señor de la resurrección, ya no más atado a sus propias leyes de espacio y tiempo. Él es el poder, la fortaleza, la belleza que llena y anima toda la creación. A su majestad debe esperarse en silencio, y adorársele en silencio.
En el silencio del cánon, los signos externos de la acción litúrgica se tornan más conmovedores: las genuflexiones, los gestos manuales del celebrante, las repetidas señales de la cruz sobre los ofrecimientos. Estas numerosas señales de la cruz hechas sobre los ofrecimientos después de la consagración son igual de importantes -yo me atrevería a proponer que son aún más importantes- que las hechas antes de la consagración. Una vez que se han cambiado los elementos del pan y el vino en Cristo mismo, la Iglesia los signa repetidamente con la señal de la cruz, no para bendecirlos, obviamente, pues toda bendición posible ya ocurrió en el milagro de la transubstanciación. No, las señales de la cruz son para declarar los ofrecimientos, una y otra vez, como la materia del sacrificio, el mismo cuerpo y la misma sangre que se ofrecieron en la cruz, ahora glorificados y verdaderamente presentes en el altar. Estoy convencido de que omitir estas señales de la cruz después de la consagración corre el riesgo de debilitar nuestra fe en la identidad del sacrificio de la misa con el sacrificio de la cruz. En el silencio del canon, esta identidad total se afirma explícitamente con los gestos litúrgicos del celebrante que proclaman la Cruz tan potentemente como lo harían las palabras audibles.
Hay tantas cosas que deberíamos saber y decir acerca del Santo Sacrificio. Quizá ya saben lo que el padre Faber pensaba sobre la misa. Él la llamó «lo más hermoso de este lado del cielo.» Y escribió acerca de la misa que «salió de la gran mente de la Iglesia, y nos elevó sobre la tierra y nos sacó de nosotros mismos; y nos envolvió en una nube de dulzura mística y en las sublimidades de una liturgia más que angélica; y nos purificó casi sin nosotros mismos, y nos encantó con el encanto celestial, de modo que nuestros sentidos parecían ver, oir, oler, gustar y tocar cosas más elevadas de lo que la tierra puede dar.»
En su carta apostólica Tertio millenio adveniente (1994) el Santo Padre nos aconsejaba sobre cómo prepararnos para celebrar el comienzo del próximo milenio. Anunció que el año 2000 sería un Año Santo, con un congreso eucarístico en Roma. Decía que el año 200 será intensamente Eucarístico… Aunque el trabajo de CIEL se extenderá, indudablemente, más allá de esa fecha, podríamos tal vez considerar qué contribución particular podríamos hacer para aquel Congreso Eucarístico planeado en la ciudad eterna. Mis queridos hermanos, la labor necesaria y urgente de redescubrir y promover el rito romano clásico es solo el comienzo. La labor necesaria va mucho más allá del indulto de 1984.
Pienso que debemos suponer que esta santa empresa únicamente tendrá éxito si se basa en la oración y en la caridad. Y al favorecer dicha meta, hemos comenzado de la mejor manera con esta misa votiva del Inmaculado Corazón de María. Nosotros creemos que nada sucede relativo a nuestra salvación sin que nuestra Santa Madre se involucre de alguna manera. ¿Y cómo no? Fue a través de ella que se dio Cristo y su gracia al mundo. A través de ella, la gracia de Cristo continúa derramándose a la Iglesia. Ahora y en el próximo milenio debemos estar preparados para afirmar, en fe y caridad, que la opción tradicional de la liturgia puede ser, y será, una enorme gracia para la Iglesia del futuro. Lo que oímos y entendimos, y lo que nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, contaremos a la generación venidera […].
Encomendemos, pues, esta intención al Inmaculado Corazón de la Mediatriz de todas las gracias. Imploremos su gloriosa intercesión, ahora y en el futuro. Lo que pedimos seguro que es agradable a su Inmaculado Corazón; que su divino Hijo será más ampliamente conocido, amado y adorado en su sacrificio eucarístico; que a través de la misa tradicional las gracias del calvario y el poder de la resurrección fluirán con mayor abundancia hacia la humanidad; que los pastores del rebaño peregrinante de Dios guiarán a su pueblo al cielo en un espíritu cada vez más profundo de adoración y alabanza, centrado siempre en el Santísimo Sacramento del altar.
Mis queridos amigos, si los deseos del Vicario de Cristo han de cumplirse, si el año 2000 ha de ser, por las propias palabras del papa intensamente eucarístico, entonces nos espera mucho trabajo y mucha oración.
Porque Él impuso precepto […] que lo mandó a nuestros padres, lo notificarán a sus hijos, para que lo conozca la generación venidera, los hijos que han de nacer.