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Introibo al altare Dei

Introibo al altare Dei, que se repite tres veces antes del salmo, dentro y al terminarle, para que comprendas que toda la Misa se ha de celebrar con un vivo impulso espiritual, y con pronta alegría y con gran veneración, y sin ninguna tibieza. Admira la bondad de Dios, que te llamó a su altar. ¿Quién eres tú, para que te atrevas a acercarte a El? Refúgiate en la contemplación de Dios, para evitar la turbación que causan los malos espíritus, no sea que te sugieran imaginaciones malignas que perturben el divino misterio. Pide también se renueve en ti la juventud de tu alma, que es el fervor del espíritu, de la cual procede la verdadera y sólida alegría.

En el primer versículo del salmo Iudica, me Deus, considera que te has de acercar al altar de Dios con tal preparación y disposición, que no temas el juicio de Dios, para que seas separado de la gente malvada y no santa, y te encuentres ante Dios puro y sin mancha, en cuanto es posible a la fragilidad humana. Pide humildemente esta pureza, y confía en obtenerla por los méritos de Cristo.

En el segundo, Quia tu est, Deus, fortitudo mea, avergüenzate, porque después de tantas veces confortado con este alimento divino, aun eres débil, aún te encuentras triste, y ante cualquier levísima tentación sucumbes torpemente. Con razón te rechazaría Dios, con razón te vencería el enemigo, si no te prestara fuerzas el que es tu fortaleza y tu vigor.

En el tercero, Emitte lucem tuam, pide la luz divina, para que aciertes a distinguir la verdad de la mentira, y sigas la verdad, de modo que, ilustrados con sus esplendores, tus afectos interiores concuerden con el sacrificio externo. El monte santo a que se hace alusión en este versículo es el altar, que representa al monte del Calvario, porque en él se reproduce la pasión y muerte de Cristo.

En el cuarto, Et introibo, renueva en ti un gran afecto de reverencia hacia el altar y el sacrificio.

En el quinto, Confitebor tibi in cithara, excita en ti la alegría del corazón, que se significa mediante la cítara, pero dirigiendo enseguida los ojos a tu imperfección, laméntate y di: Quare tristis est anima mea, et quare conturbas me?

En el sexto, Spera in Deo, considera que no debes perder el ánimo, pues te queda la esperanza en tu Salvador, en quien debe toda confianza apoyarse, ya que el mismo te concederá que, perdonadas tus culpas, te alegres en El, y perseveres en sus alabanzas.

Animado por esta esperanza, di con gran fervor el Gloria Patri, et Filio, inclinando la cabeza y ofreciéndote para sufrir toda clase de adversidades, y aun la muerte por Dios. Entonces, repetida la antífona Introibo, para que recuerdes bien dónde vas a entrar y quién es el que entra, dirás: Adiutoium nostrum, para que aprendas a no poner tu confianza en tus aptitudes y fuerzas sino en aquel qui fecit coelum et terram, del cual solicitarás una doble ayuda, para conseguir la salvación eterna y los medios necesarios para ello, y por aquella necesidad especial por la cual ofreces el sacrificio.

 

Cardenal Juan Bona
El Sacrificio de la Misa

 

Lun 21 Ene, 2008