FSSP en México: Sermón Domingo 15° después de Pentecostés
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JMJt
Domingo decimoquinto después de Pentecostés
Lectura de
Hermanos: Si vivimos del Espíritu, dejémonos también guiar por el Espíritu. No seamos ávidos de vanagloria, hostigándonos y envidándonos mutuamente. Hermanos, si alguno, como hombre que es, incurriere en algún delito, vosotros que sois espirituales, amonestadle con espíritu de mansedumbre, y consideraos a vosotros mismos, para que no seáis también tentados. Sobrellevaos mutuamente y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno cree ser algo, no siendo nada, él mismo se engaña. Mas pruebe cada cual su obra, y así tendrá gloria sólo en sí mismo, y no en otro. Porque cada cual llevará su propia carga. Y el que es enseñado en la palabra de Dios asista con todos sus bienes al que le enseña. No os engañéis. Dios no puede ser burlado. Porque lo que el hombre sembrare, eso también cosechará. Y así, el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; mas el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien, porque a su tiempo recogeremos el fruto, si no desfallecemos. Y así, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, y mayormente a aquellos que por la fe son de nuestra misma familia.
Continuación del Evangelio según San Lucas (7, 11-16)
En aquel tiempo: Iba Jesús a una ciudad llamada Naín, e iban con El sus discípulos y una gran muchedumbre. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda, e iba con ella gran acompañamiento de gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de compasión por ella, le dijo: No llores. Y acercóse y tocó el féretro. Y los que lo llevaban se detuvieron. Dijo entonces: Mancebo, a ti te digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le entregó a su madre. Con esto sobrecogióles a todos gran miedo, y glorificaban a Dios diciendo: ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo!
“si alguno, como hombre que es, incurriere en algún delito, vosotros que sois espirituales, amonestadle con espíritu de mansedumbre...”
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La epístola de hoy nos propone que consideremos la virtud de la corrección fraterna. Muchas veces no la consideramos como una virtud. Corregir a otra persona se considera ahora como un vicio contra la suma virtud de la tolerancia según la cual debemos dejar a cada uno llevar su opinión personal y estilo de vida. O al otro extremo, uno puede tratar de corregir todo lo que la otra persona hace que esté bajo de la barra de perfección, o a lo menos no es lo mismo que no sea lo mismo que él haría. O quizá más común, es el caso de los que evitan corregir a otra persona hasta que se pongan muy enojados, y luego la corrigen con severidad y malas palabras. Estos ejemplos son errores, y como siempre, la virtud moral consiste en el medio.
Pues, ¿cómo entender esta virtud importante de la cual depende un justo ejercicio de nuestros deberes del uno para con el otro, la buena crianza de los hijos, y la verdadera amistad entre esposos y amigos? Aconsejémonos con el doctor común de
¿Qué es la corrección fraterna, y por qué hacerla? La corrección fraterna es la enmienda de nuestro hermano delincuente, que es un acto de caridad y “más esencial a la caridad,” dice Santo Tomás, “que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa,” ya que un mal espiritual es peor que un mal corporal. “¿De qué aprovecha al hombre, si granjeare todo el mundo, y perdiere su alma?” Es un acto de caridad que “nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos.” Es una limosna de misericordia, y el que no corrige a su hermano falta contra la caridad, cual culpa surge muchas veces de una indiferencia hacia lo que es bueno o malo, o quizá más común por causa de una esclavitud al pecado, que no le permite admitir lo que es bueno o malo, tratando de cambiar la verdad en vez de su comportamiento. O también por causa del temor, “si le diría esto, no sería mi amigo.” Pero ¿de qué vale un mal amigo, o cómo podemos llamarnos a nosotros mismos ‘amigos,’ si conducimos a nuestro prójimo al infierno, o si no le advertimos que está en peligro? “Descuidares corregir, te vuelves peor que el que pecó,” dijo San Agustín,
Este acto de caridad es distinto del otro acto de “la otra corrección” que “remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros.” Este tipo de corrección se debe hacer sin tener en cuenta la esperanza de enmendar el individuo, como lo hace el estado que “lleva la espada” de castigar con la muerte, como dicen las Escrituras, por el bien común. Así son los deberes también de los superiores y los padres de familias quienes necesitan tomar en cuenta el bien común y defender sus sujetos y castigarlos cuando ponen en peligro el bien común de la comunidad. El fin de la familia es criar hijos no para si mismo sino para el bienestar y continuidad de la sociedad, y más para la extensión del reino de Dios. Por lo tanto, la buena crianza de los hijos es un deber de justicia para con la sociedad y para con
Por lo tanto la corrección fraterna, es de precepto. Es algo que todos tenemos que hacer, pero es un precepto positivo, y a diferencia de los preceptos negativos que nunca admiten excepciones, como matar a una vida inocente, cometer adulterio, o mentir, los preceptos positivos admiten excepciones en su aplicación, o podemos decir que la aplicación se llevará de modos distintos según las circunstancias distintas, que la prudencia determina. Pues, es menos una cuestión de “haz esto” y “no hagás eso,” “si” o “no,” y más una cuestión de, qué, por qué, cómo, cuándo, quién, etc. Por lo tanto, “cuando sirve de impedimento para este fin (la enmienda de nuestro prójimo), como cuando el hombre corregido se hace peor, no pertenece a la verdad de la vida ni cae bajo precepto.” De veras puede causar más daño que bien. Así exige mucha prudencia para conocer el mejor tiempo, y todas las circunstancias involucradas. Aveces lo que parece como la culpa de otra persona, es una pequeña parte de un problema más grande con lo cual él necesita más ayuda. Pues, antes de criticar a su esposo o esposa por su mal actitud, o falta de atención, podrías preguntar primero ¿cómo estás? ¿cómo te fue el día? Y quizás, necesita más una consolación que corrección para mejorarse en este momento, ya que muchas de las faltas comunes como ser impaciente, corajudo, cortante en respuesta, son ocasionadas por la fragilidad de nuestra naturaleza bajo tensiones o presiones de la vida. “Sobrellevaos mutuamente y así cumpliréis la ley de Cristo.” Criando a los hijos necesitamos recordar que cada uno tiene su propia personalidad y temperamento que responderá distintamente a varios tipos de corrección. Y recordémonos que su perfección toma tiempo, de hecho, una vida entera, tal y como nuestra perfección todavia no la hemos alcanzado. Por eso debemos alentar su progreso y el fomentar sus virtudes, más que su perfección hoy día. Virtud tampoco es el mero hecho de evitar del mal; es el cumplimiento y plenitud de nuestros deseos y acciones ordenados según la recta razón. Implica una pasión de hacer el bien; y de veras, el pecado es un deseo mal ordenado para el bien. Es decir entonces, que podemos extinguir la pasión de ser virtuoso, por corrección excesiva, que le hace la búsqueda de virtud onerosa, o menos atractiva. Necesitamos ordenar sus deseos y no extinguirlos. Somos todos nacidos “hijos de ira,” y nuestra perfección es una obra de gracia. Y se debe asegurar que el propósito en corregir a los hijos es ser un instrumento de gracia para ellos, cual gracia viene por mucha oración, sacrificio, y buen ejemplo, y también por palabras bien escogidas en este espíritu de amor de Dios. Recuerden que el primer deber de los padres es de ser modelos de santidad para sus hijos. Es el ejemplo que ellos van a seguir y proveer a sus hijos, y sus hijos a sus hijos en adelante. El ejemplo habla más que palabras. Les digo que en el seminario nunca era yo más efectivamente e internamente corregido como cuando vi el ejemplo perfecto de un compañero. “El Señor se volvió y miró a Pedro,” después de su negación, y Pedro “rompió a llorar amargamente.”
Y ¿quién debe corregir y ser corregido? Ya que es un acto de caridad y misericordia es debido a todos y por todos, pero no del mismo modo. Los superiores, aunque tienen la obligación de justicia, deben considerar la forma más efectiva según la caridad. Por ejemplo en la familia, puede ser mejor que el padre corrija al hijo de más años enseñándole como ser hombre a que el hijo sea corregido por su madre en la misma manera en que corrige a las chicas. Y puede ser mejor que una persona más respetada por el delincuente, haga la corrección, o a veces que un grupo de amigos lo haga. También los súbditos pueden corregir a sus superiores, naturales y religiosos, pero en la manera de súbditos, más pidiéndoles con palabras amables, o expresando sus preocupaciones por su bienestar, con reverencia y mansedumbre y en privado. “No increparás al anciano, sino exhórtanle como a padre.” Pero si hay un escandalo o peligro publico se pueden corregir públicamente, pero tomando cuidado de respetar el oficio del superior, y de presumir lo mejor de sus intenciones, para no causar más escándalo y daño. Y cualquier juicio que quieras aplicar a los sacerdotes o a los obispos o al Papa, que tienen el oficio de Jesucristo, debes, a lo menos, estar listo de aconsejarle lo mismo a tus hijos para que ellos te corrijan en la misma manera.
Al fin Santo Tomás nota que la corrección hecho por otro pecador, vale menos, y muchas veces se debe evitar, porque “parece que quien corrige no lo hace por caridad, sino por ostentación,” ocultando sus malas acciones con buenas palabras. Es fácil notar la paja de otro, pero menos fácil de sacar la viga de tu ojo. Por esta razón lo cita San Agustín al fin, quien aconseja a todos, “cuando la necesidad nos obliga a reprender a alguno, preguntémonos si nosotros no hemos cometido la misma falta, y tengamos en cuenta que somos hombres y la hemos podido cometer. O quizás la tuvimos y ya no la tenemos, y entonces acordémonos de nuestra común fragilidad, para que a la corrección preceda no el odio, sino la misericordia. Y si tenemos conciencia de vernos sumergidos en el mismo vicio, no se lo echemos en cara, sino lloremos con él, y mutuamente invitémonos al arrepentimiento.
Santa María, Madre de Misericordia: ruega por nosotros
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AMDG